lunes, 8 de febrero de 2010

Mucho gusto




“El Kitsch se vincula con el arte de una manera indisoluble, del mismo modo que lo inauténtico se vincula con lo auténtico”.

Hermann Broch, Kitsch, vanguardia y el arte por el arte.

“Si el kitsch no es arte, es por lo menos el modo estético de la cotidianidad, rechaza la trascendencia y se establece en la mayoría, en el término medio, en la distribución más probable. El kitsch , dijimos, es como la felicidad., sirve para todos los días”.

Abraham Moles, El kitsch. El arte de la Felicidad.

Entre mayo y agosto del año 2003, el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona presentó la exposición “Cultura Basura. Una espeleología del gusto”. La muestra tenía la intención, según consta en el catálogo, de proponer un recorrido por aquellas expresiones “artísticas”, que “elevan a categoría estética todo aquello que la cultura oficial considera aberrante”(1)

La propuesta consistía en invitar al espectador a hacer un recorrido por los orígenes, iconos, lenguajes y funcionamiento de la Cultura Basura. Un “viaje al exceso, la distorsión, la intensidad, la heterodoxia, la ironía y la crítica”.

El mentado viaje consistía en asistir a un espacio de arte y “cultura contemporánea” como quien asiste a una función de circo. La mujer barbuda, el hombre de dos cabezas, el cantante abusador de la purpurina y los escenarios ataviados de terciopelo y bolas de disco, el asesino en serie elevado a la categoría de artista y el director de cine “clase B”. Todos ellos invadieron un espacio reservado para la experiencia estética supuestamente “elevada”, transformando la atrocidad, el error, en una “perversión del goce estético” legitimada institucionalmente.

“Cultura Basura” es buen ejemplo de la heterodoxia que, poco a poco, ha ido permitiendo que las diferencias entre la “alta cultura” y la “baja cultura” sean cada vez más borrosas. Con todas las críticas que para los defensores de “lo bueno y lo bello” esto implique, las formas de la cotidianeidad, en lo que se llama “posmodernidad”, cruza la frontera gracias a la complicidad del lector, del hábil observador capaz de detectar lo que se ha llamado “perlas en el barro”, en los objetos que pueblan los imaginarios y los mundos concretos de todos los día a día.

Sintomático de estos cruces resulta el hecho de que el comisariado de la exposición estuvo a cargo no del académico o del especialista en Artes (con mayúscula), sino que de Jordi Costa, periodista y escritor vinculado al mundo del cine y la cultura pop. El periodista como comisario, como curador, o sea, el profesional del relato cotidiano, encargado de irrumpir en los terrenos que habían estado vinculados históricamente a los otros relatos, hecho que, claramente, no es pura coincidencia.

El interés de este ensayo radica, justamente, en un afán de aproximarse, desde los Estudios Visuales, a aquellos objetos cotidianos cuya “extraña belleza” no deja indiferente al lector, quien ha vuelto lo recargado, lo excesivo, lo heterogéneo y lo “cutre”, en rostro icónico, característico, de la postmodernidad. Una consecuencia de los cruces entre la industria de las imágenes y los objetos, los medios de comunicación, el consumo y el consumismo, las producciones fallidas, las reinterpretaciones fallidas, y las (¿nuevas?) formas de mirar tanto lo viejo, como lo contemporáneo.

En relación con lo anterior, este mundo -definido en ocasiones y en términos eufemísticos como un “submundo”, sin asumir que la cotidianeidad y la vulgaridad no son subterráneas, sino más bien son monstruos generados al nivel de la tierra y a la luz del día-, será definido, sin pudor al plagio, hurtando el nombre de la exposición que es el punto de partida de este ensayo: Cultura Basura. Y será abordado desde algunas de sus fascinantes manifestaciones, dentro de las que comprenderemos: kitsch, camp y freak.

El peso y el poder de la Cultura Basura hacen que a los ojos de la Cultura Visual, así como de la Historia del Arte, y los diferentes mecanismos a través de los que operan ambas áreas de estudio, encuentren en el tema abordado un campo de diálogo, incluso de confrontación, ya que para ninguna de estas dos áreas puede quedar de lado la estética basura, que se pasea por la extensa senda que va desde los medios de comunicación hasta las galerías de arte. Y lo anterior será tomado como fiel reflejo del diálogo existente entre arte y cultura popular y los terrenos que ambas expresiones humanas comparten, así como de los cruces que entre ellas existen.

También haremos un recorrido por las posibilidades que ofrece Internet para la masificación y “democratización” de la experiencia basura, a través de mecanismos que han sido definidos desde el “marketing” y que tienen el mismo funcionamiento que los virus transmitidos a través de Internet, que , por sus posibilidades de propagación tienen un crecimiento exponencial que, finalmente, termina funcionando a través de la saturación y transformándose en objetos que conforman la cultura visual contemporánea.

(1) Costa, Jordi. “Cultura Basura. Una Espeleología del Gusto”. Dossier prensa, CCCB, 2003.

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