“La casa kitsch se caracteriza por un mobiliario de tipo ecléctico; participa de una gran diversidad estilística debido a la acumulación de elementos aleatorios y sin relación alguna”.Es innegable el hecho de que parte de las arcas de la economía china crecen al ritmo de la furiosa venta de ilimitada cantidad de objetos de plástico y otros materiales de cuestionable factura, que decoran millones de hogares ubicados en los extramuros de la República Popular: Jarrones adornados con motivos exóticos orientales, lámparas de fibra óptica que cambian de color, imitaciones plásticas de hielo que al entrar en contacto con algún líquido encienden la pequeña ampolleta que llevan dentro. Tres ejemplos de tres épocas distintas, pero cercanas, que hablan del objeto desechable, de la baratija que se vuelve símbolo de una producción excesiva de cosas cuya función, por más increíble que parezca, es sólo estética.
Un desfile de muñecas flamencas españolas, flamingos rosa, duendes de jardín, miniaturas egipcias y gatos de la suerte (aquellos que menean su mano llamando a la buena fortuna) portan cargas que no pasan desapercibidas y que son reinterpretadas a menudo por artistas de todo tipo, desde diseñadores a cineastas, e ingresan a los museos con un sentido completamente distinto a las vinculadas con la incierta intención estética de su origen.
Alexis de Tocqueville, en su libro “Democracy in America” se mostró un ferviente convencido de que la democracia conduce inevitablemente al descenso de los estándares de calidad tanto en la creación como en el consumo. Probablemente hubiera sido uno de los inocentes que celebraron, como plantea Matei Calinescu en “Cinco Caras de la Modernidad”, un corto verano, un período “medio triunfal del arte elevado en que se creía que lo kitsch quedaría definitivamente al mercado de la pulga o a la oscura –aunque floreciente- industria de las imitaciones baratas, a los humildes objetos de arte religioso, souvenirs vulgares y retorcidas antigüedades" (1). Pero se equivocaba.
¿Qué ves?
En este punto hay que detenerse un poco y pensar en la complicidad entre el espectador y el objeto observado, o por qué no, adquirido en el mercadillo de las pulgas. Por un lado de la calle tenemos al llamado “espectador mutante” –término acuñado por Jordi Costa-, aquel que, caminando una tarde, por ejemplo, por el mercado de Encants, en Barcelona, “posee el radar lo suficientemente afinado como para detectar tesoros en lugares imprevisibles, pero también debe saber articular los códigos de recepción que convertirán ese hallazgo en una forma distinta de arte. La Cultura Basura aboga por una comunicación activa y antidogmática entre la obra y el consumidor” (2).
En la otra vereda tenemos a quien se apropia de manera inconsciente del objeto y que no se aproxima a él a través de la ironía o la complicidad con la que lo hace el sujeto anterior, sino que rellena su cotidianeidad con el producto hecho en serie. Y desde un endeble balcón mira todo el representante de la Alta Cultura, que desprecia tanto al objeto kitsch como a sus entusiastas. Es entonces cuando surge la cuestión del cómo miramos, del cómo nos aproximamos al objeto a través de la mirada, así como de cómo nos vemos a nosotros mismos a través del objeto observado. Esto último asunto fundamental para la Cultura Visual.
“La Cultura Visual no se alimenta sólo de la interpretación de las imágenes, sino de la descripción del campo social de la mirada”, dice Ana María Guasch. “Lo fundamental de la visión es que la usamos para mirar a la gente, no para mirar al mundo, y además no sólo miramos a otros, sino que también somos mirados por ellos”(3). Entonces, el objeto se vuelve punto de encuentros y desencuentros entre observadores, en generador de identidad, diálogo y diferencias.
En una aproximación al (des) encuentro entre los observadores que pasean, cada uno desde los distintos lados de la calle, y situándose, tal vez desde el inestable balcón, el poeta español Leopoldo Alas hace la distinción entre “lo kitsch, intelectual y buscado y lo cursi, que es sincero y sentimental. Estamos ante dos conceptos que se aproximan: son un poco el hermano rico y el hermano pobre. En lo cursi hay sentimentalidad y en lo kitsch hay dinero de más, ostentación, agresividad. Lo cursi es blando y empalagoso, lo kitsch hiriente y deslumbrante” (4).
Me asusta, pero me gusta
Abraham Moles en su obra “EL Kitsch. El arte de la Felicidad”, relaciona el triunfo de la baratija, masificada por el fértil terreno del crecimiento de la demanda, la producción en masa a bajo costo y al crecimiento de la cultura del consumo, en términos generales, como un eventual triunfo de la clase media y , en un irónico afán reivindicativo , no duda en afirmar que “el kitsch se adapta a la medida del hombre, del hombrecito, puesto que es creado por y para el hombre medio, el ciudadano de la prosperidad” (5).
Lejano está de la mirada acusadora de Matei Calinescu, que pareciera ver en este recargado rostro de la postmodernidad sólo deformidad, al “monstruo polimorfo del pseudoarte”, que entre sus tentáculos guarda un diamante, un canto de sirena al ritmo del pop, una herramienta de la cual la modernidad y sus representantes no tuvo plena conciencia, y que guardaba una simpleza que al arte elevado le llega como un golpe a la barbilla: el poder de agradar, “de satisfacer no sólo las nostalgias populares más fáciles y extendidas, sino también la vaga idea de belleza de la clase media, que es todavía, a pesar de las airadas reacciones de diversas vanguardias, el principal factor en cuestiones de consumo estético y, por tanto, de producción”(6).
Moles tiene respuesta para la aproximación de Calinescu: “La acumulación, el frenesí, la inadecuación, la mediocridad, la inutilidad o la falsa funcionalidad están colmadas, para el moralista, de connotaciones negativas, representan lo malo”.
Pero hay que partir mirando qué características tienen los objetos de los que hablamos y cuál es el diálogo entre la función y la carga que lo transforma en otra cosa. O sea, todos necesitamos una cuchara para comer o un vaso para beber agua, pero algo sintomático de la cultura en la cual se produce la cuchara o el recipiente para el agua es la forma que este objeto tendrá.
Y en la cultura del kitsch, del exceso, la función, en muchos casos, queda relegada a un lugar secundario. La función se vuelve un pretexto, entonces, para la forma del objeto y el reloj se vuelve una excusa para el cucú y la casita de plástico, así como el cenicero se vuelve una excusa para el escudo del equipo de fútbol. La simplicidad queda de lado, para ceder su lugar a lo inútil. Y he ahí donde tienen su cabida y plena justificación la fabricación en serie de objetos hechos en angora y de color fucsia, y la innumerable cantidad de materiales que se vuelven testimonio de una época, alcanzando un valor que, al ser desechables, cobra toda una riqueza.
Es próximo a lo que Jacques Rancière, al referirse a las descripciones hechas en la literatura de Balzac, llama “historia de la vida material”(7).y que invita, al pasear por un mercadillo, a darse el tiempo de mirar “la cosa” prestando atención a sus silenciosas texturas, los pequeños detalles, que son capaces de dar cuenta, con la misma soberanía que la Historia, de una época determinada ”.
Volviendo a lo inútil, es este concepto el que para Moles resulta fundamental cuando surge la pregunta de cuándo este objeto es o no arte. Y dice: “todo arte forma parte de lo inútil y vive del consumo del tiempo; en este sentido el kitsch es un arte que adorna la vida cotidiana con una serie de ritos ornamentales que la decoran y le dan esa exquisita complejidad, ese juego elaborado, que es testimonio de las culturas desarrolladas”(8).
(1)Calinescu, Matei. Cinco Caras de la Modernidad. Tecnos, 1991.
(2)Costa, Jordi. “Cultura Basura. Una Espeleología del Gusto”. Dossier prensa, CCCB, 2003.
(3) Guasch, Ana María. Doce reglas para una Nueva Academia: La “Nueva Historia del Arte” y los Estudios Audiovisuales.
(4) Casado, Antonio Sánchez (director de la obra). “El Kitsch Español”. Ediciones Temas de Hoy. Madrid, 1988.
(5) Moles, Abraham. “El Kitsch. El arte de la felicidad”. Maison Mame, París, 1971.
(6) Calinescu. Matei. Cinco Caras de la Modernidad. Tecnos, 1991.
(7) Rancière, Jacques. The Politics of Aesthetics. Continuum, 2004.
(8) Moles, Abraham. “El Kitsch. El arte de la felicidad”. Maison Mame, París, 1971.
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